Monasteria de Santa Paula
Un poco de historia

En los conventos de Sevilla, el huerto, el claustro y el compás reflejaban un tipo de jardinería propia, recogida e íntima. Los jardines de iglesias y conventos constituían espacios interiores –jardines ocultos– protegidos por los muros de antiguas construcciones. 

El compás, el patio que comunica el interior del convento –la clausura– con el mundo exterior.

Joaquín Romero Murube escribía:

¿Puede darse un recinto que albergue más paz, más serenidad, encanto mayor que el compás de un convento de Sevilla?
Grandes paredones blanquísimos, cegadores, con altas rejas en sus ventanas desiguales, rejas donde la penitencia y la oración desafían al mundo con la lanza aguda de sus hierros. Sobre las altas techumbres, la espadaña. La puerta de la iglesia al compás. Los locutorios. Otras puertecitas siempre cerradas que no sabemos a qué estancias misteriosas comunicarán. Y flores, flores, flores.
Flores en los arriates: rosas, yerbaluisa, geranios. Flores en las paredes: malvalocas, campanillas, enredaderas. Flores por el aire: naranjos, laureles, aromos.
El compás del convento abre su puerta estrecha a la calle de la ciudad, sencillamente, con esa llaneza y confianza de todas las gracias de nuestro pueblo, y ofrece su jardín y su caricia al transeúnte fatigado. Al mediodía, cuando las calles arden requemadas por la violencia del sol, el hálito del compás nos besa al pasar y nos envía su alma hecha de frescura, aromas y azules sombras acogedoras.

Desde la conquista cristiana, gran parte del tejido urbano de la ciudad de Sevilla estaba constituido por un sinfín de edificios conventuales, muchos de los cuales desaparecieron como consecuencia de la invasión francesa y los procesos de desamortización ejecutados durante el siglo XIX. Otros lo hicieron a lo largo del siglo XX.

Gran parte de los conventos que existían en Sevilla han desaparecido.

Entre los que persisten, destaca el Monasterio de Santa Paula, de las monjas jerónimas, en el barrio de San Julián, que nos permite, a través de su museo público, conocer parte del edificio y de su propia historia.

El monasterio, consagrado a Santa Paula –que colaboró con San Jerónimo en la fundación de varios conventos en el siglo IV– fue fundado en 1475 por Ana de Santillán en unas casas de su propiedad. Posteriormente, Isabel Enríquez, marquesa de Montemayor, lo amplió en 1489: mandó edificar la iglesia y el compás que la precede. En el siglo XVII fue remodelado.

El edificio tiene un claustro pequeño –Patio Mudéjar– del siglo XVI, un claustro principal con doble galería porticada –Patio Grande– construido en el XVII, con jardines y huertas en el interior de la clausura.

El monasterio alberga una importante colección artística, con obras de Martínez Montañés y Alonso Cano.

El compás de Santa Paula no destaca por su interés jardinero, pero sí por lo que representa y por estar presidido por la espléndida portada de la iglesia creada por el escultor Pedro Millán y el ceramista Francisco Niculoso Pisano en 1504. Impregnada por influencias góticas, mudéjares y renacentistas, la portada está ornamentada con santos, ángeles, querubines y el escudo de los Reyes Católicos.

Actualmente en el compás crecen cipreses, naranjos, limoneros, adelfas, setos de troana, lirios amarillos, romeros, pacíficos, durillos, rosales, algún lentisco, un árbol de Júpiter, una flor de pascua, jazmines, geranios, orejas de elefante, costillas, aloes, dracenas, lantanas, calas aspidistras, helechos, celestinas, jazmines de El Cabo, esparragueras, cintas, damas de noche, heliotropos, espinas de Cristo y una cicas.

Las palmeras canarias, laureles y arrayanes que existían el año 2000, han desaparecido.